El vestido rojo

Por Daniel Olivares

Laura y Osvaldo, una joven pareja de Valparaíso, trabajan en el Congreso Nacional, en un puesto administrativo de la Cámara de Diputados. Un día, agobiados por la corrupción de la mafia política con la que tenían que vivir y soportar a diario, deciden subir la montaña con la intención de escapar auque sea por un instante de sus cotidianos quehaceres citadinos y buscar la conexión con la naturaleza y la armonía con el cosmos. Entre varias opciones escogen subir el cerro Mauche, ubicado en la Cordillera del Melón.
Solo les faltaba encontrar la fecha adecuada. Él tiene la afición de fotografiar flores silvestres, así que escogieron el mes de septiembre y a ella en cambio le encanta ver salir la Luna, en su último día menguante, por lo que eligieron el día dieciocho.
Llegada la fecha y ya en la falda del cerro comienzan a subir por la llamada “Ruta Normal”, demarcada por un sendero que conduce directamente hacia la cima. El cerro estaba florecido por todos lados y dejándose llevar por la belleza de los mantos de colores y aromas se fueron desviando del camino. Así definitivamente perdieron la huella y se abrieron paso por entre las flores, creando una nueva ruta hacia la cima.
A mitad del cerro aparece un murallón de piedra que parecía impedir que siguieran avanzando, pero en realidad pudieron treparlo sin mayor dificultad. Al escalar la última roca se encontraron con un portezuelo habitado por un hermoso bosque de robles.
En medio de los árboles, sienten que alguien los observa y se detienen. Bajo un roble, una mujer joven vestida con un largo y elegante vestido rojo, los miraba fijamente entremedio de las ramas.
Cuando uno se encuentra con un desconocido en la ciudad, no hay necesidad de saludar, pero si se lo encuentra en el cerro el saludo es casi una obligación, así que se acercaron para hablar con ella.
Al llegar a unos pasos de la mujer notaron inmediatamente algo muy extraño, sus blancos pies descalzos no tocaban la tierra y al subir la mirada por la inmóvil verticalidad de su cuerpo en busca de su rostro, se dieron cuenta que la joven mujer estaba muerta, ahorcada del cuello con una soga atada a una rama del viejo roble. Su último rastro de vida era la danza de su lindo vestido, que se mezclaba con las rojizas hojas del bosque.
La primera reacción fue alejarse hasta dejar atrás el bosque y perderla de vista, se sentaron en una roca a conversar lo sucedido, pero la verdad es que ni las palabras ni las lágrimas salían ya que la experiencia fue tan fuerte, que las efervescentes emociones y pensamientos aun no terminaban de gestarse. Así estuvieron sin hablar un largo rato.
-Hay que bajar y avisar, alguien la debe estar buscando- dijo Osvaldo, y ella solo le da una profunda mirada reflexiva sin contestar, miro hacia el mar y volvió a ser parte del largo y cómodo silencio. Luego de unos minutos Laura respondió:
-Creo que debemos subir el cerro y continuar con nuestra idea original, si ella se suicidó en un lugar tan escondido que nosotros encontramos por casualidad siguiendo las flores, lo más probable es que no quería ser encontrada, no arruinemos el plan celestial y mañana llegando a la ciudad, avisamos a la policía-.
Osvaldo sin decirle nada, la abrazo cálidamente, tomo su mano y juntos siguieron la travesía.
Una vez en la cima del cerro, armaron campamento, buscaron leña y se sentaron sobre una pirca a observar los últimos rayos del sol que se escondían lentamente tras la inmensa quietud del mar.
Estuvieron junto a la fogata casi hasta el amanecer, observando el firmamento estrellado y sintiendo la conexión entre ellos y la mujer de una manera cada vez más profunda, dándole un nuevo significado a todas las cosas.
Respetando la decisión de la joven mujer y dejandola tranquila hasta el otro día, habían encontrado la conexión y armonía que buscaban de una manera muy extraña pero al mismo tiempo trascendental, cumpliéndose finalmente todo lo que los tres buscaban. Sentían que la esencia de ella, a travez de la soga, las ramas del árbol, su tronco y sus raíces, hubiera inundado toda la tierra, nutriendo con belleza a todas las hermosas flores que encontraron en el camino hacia ella.
De pronto, nuevamente la sensación de ser observados por alguien se les vino encima, una fuerte presencia sintieron detrás de ellos y al voltear rápidamente sus rostros, se encontraron que  los miraba fijamente, vestida de rojo,  la más hermosa y fina luna menguante.